No escribo más porque no estoy más. Hace rato que me fui
para ocuparme de nada. Todo este tiempo no volví porque no volviste. Aparentemente
escribo cuando tengo un incentivo, y el que tuve hace unos meses ya no está. Sí,
siempre hay algo para decir, y siempre podría encontrar de qué nutrirme. Pero no
tenía ganas, de nada. Ni siquiera de comer.
Me sentía mal, desganada, vivía durmiendo y con dolor de
cabeza. Cuando volví acá no había nada, trabajo tampoco, así que quedé
estancada.
Pero con el tiempo me di cuenta que quizás en febrero me
llevé algo de acá que era preciso devolver, que me fui para recargar algo que
quizás ya tenía y necesitaba volver. Volví porque acá estaba yo, y no en otro
lugar. Volví para cuidarme bien, para escucharme, para no evadirme y volver a
perderme. Pero como no supe cómo, me perdí. Y todo ese tiempo –que nunca sé
medir- en realidad no fue tiempo en cero, sino tiempo de crecimiento y
maduración. La precisa pausa anterior al huracán.
Hoy tengo motivos para todo. Hasta para escribirte esto y
contarte que estoy bien, que estoy tranquila porque no tengo miedo de avanzar. Contarte
que me muevo, que me río y hasta me dejo abrazar. Y que estoy acá, de vuelta. Y
si todavía no te enteraste, te falta poco.
Pero a nosotros nos falta mucho.
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