13.5.16

/primeros días de mayo '16

—Es así, a veces la cosa rueda sola, y a veces hay que empujar.—
El camionero se fue, pero Octavio quedó ahí, varado en el cruce Santo Tomás. Era la ruta que lo llevaba al viñedo de sus primos, y en el kilómetro 347 se quedó. Escuchó que algo temblaba, después ese algo explotó, y nada más. Todo silencio hasta que llegó el cachetón de camisa leñadora. No dijo nada, estacionó el camión atrás de su auto y se bajó. Octavio tenía las manos en la nunca y estaba sentado sobre el baúl hacía un rato ya, esperando alguna señal que le dijera que había zafado.
—Explotó… por ahí… adentro… ¿te fijás? — El gordo le clavó la mirada y fue directo al motor. No era que estuviera enojado, pero se la pasaba arriba del camión y casi que se había olvidado los modales. Por las dudas, Octavio no soltó más letra, pero se acercó a mirar para ver si aprendía algo.

Diez minutos después le dijo eso, que a veces pasa, a veces la cosa… y hay que empujar.

Se subió al auto, por suerte no hacía calor, pero hubiera sido mejor no tener ese tiempo libre para pensar. Tenía el corazón roto y necesitaba remediarlo, él siempre se había automedicado pero esta vez era preciso conseguir una dosis nueva, fuerte, fugaz. Irene y Octavio habían compartido siete años de sus vidas, pero ella quería viajar. Esculpía cuerpos con tal precisión que era reconocida por sus colegas como un ícono de la cultura contemporánea. Buenos Aires ya no le alcanzaba, todos querían sus manos, sus obras, sus herramientas, sus cuerpos. Entonces se fue, un día Octavio volvió del estudio y no estaba. Se fue con ese bolso que habían comprado el sábado anterior después de aquel café en la esquina de siempre, y lo llenó con lo que había en el primer cajón de su mesita de luz, el único rinconcito que Irene supo mantener siempre bajo llave. Él sabía dónde encontrarla, pero para recuperar su amor debía sorprenderla. Por eso viajaba a Fontana: Irene siempre mostraba cariño por aquellos primos, sobre todo por la pequeña Julita.

Tenía un deseo incontenible de volver a ver a su mujer, sabía que con palabras no conseguiría nada, también que se iba porque estaba aburrida, no porque se le hubiera acabado el amor, y eso lo llenaba de esperanzas y anhelos de nuevos comienzos. La recordaba tan rubia, tan cálida, como un campo de maíz un día de octubre, siempre con el perfume propio de su piel, y sus mejillas enrojecidas lo hacían suspirar. Unas ondas en el pelo que supieron acolchonarlo en sueños y despeinarlo despierto. Él era más bien tosco, elegante, Octavio; el hombre que se paraba derecho y sonreía a extraños sólo por cortesía, y un poco por timidez. Su cabeza menguaba el color negro entero que tenía cuando se conocieron. Ella cuarenta y dos y una huida, él treinta y ocho y una misión.

Llegó a Fontana un jueves, y el mismo jueves, durante la sobremesa, charló consigo mismo los últimos detalles del plan. Esa noche cuando todos estuvieran dormidos, trabaría la puerta del cuarto principal con una estantería que había en el pasillo del primer piso. Sacaría el colchón de su cuarto por la ventana, que daba al este de la casa, en la planta baja. En pantuflas, para no hacer ruido, entraría a la habitación de Julia y la dormiría con la anestesia que guardaba de sus anteriores experiencias, destrabaría los postigones con el mayor de los cuidados y envolviéndola en sábanas y frazadas se llevaría la pequeña en brazos y aterrizaría en el colchón, un piso más abajo. Los empleados no sabrían, ellos dormían en el ala oeste de la casona. Su auto, estacionado estratégicamente, lo estaría esperando y al llegar a la ruta, arremetería a toda velocidad al encuentro de su amada. Así, cumpliría su sueño más preciado de trabajar sobre ese cuerpecito, hacerlo arte, devolverle la vida, llenarlo de cemento y tallarle una sonrisa para siempre. Julia nunca sonreía, se sentía sola y vivía en un estado de desidia permanente, por la tristeza y aislamiento que le causaba esa casa de campo, orgullo de generaciones y generaciones. El pacto tácito parecía funcionar. Octavio tendría de vuelta el amor de Irene, Irene obra más maravillosa, Julia otro estado en este mundo; uno en el que sus males se habrían esfumado y su familia, la excusa perfecta para promocionar la nueva cepa.

Pensaba también en cuán felices habían sido después de cumplir con los pedidos de su mujer, necesitada de musas y canciones, olores y cinceles ojos y pedazos cabellos desangrados llenos de dolor anestesia podridos y rellenados para mostrarse otra vez inmaculados para siempre como momias de carne hueso fibras y dulzores. Y no se arrepentía, y disfrutaba la escena, el plan y la fuga, en su cabeza dando vueltas y buscando la manera de que llegaran lo más vivas posibles porque lo que ella necesitaba era verlas sufrir para retratarlas lo más parecido que pudiera, para conservar su orgullo y gentileza de ser mujeres tristes y solas.

Actuó rápido. Arriba del auto la amordazó y la ató con un pedazo de la misma sábana y dejó el cuerpo abajo del asiento de atrás. Tenía 2 horas antes de que se despertara por completo y su cuerpo empezara a llenarse de nervios. Manejaba contra reloj, debía tomar sólo un poco de conciencia para que Irene pudiera apreciar su rostro, sus gestos, lo que quedara de ella. Conocía bien el camino, llegó y entró con la chica en brazos y gritando el nombre del amor. Irene… ¿dónde estaba? No podía haberse equivocado, ese lugar blanco era su refugio de cualquier peste mundana. Subió las escaleras, lloraba, no se aguantaba la felicidad de verla y mostrarle lo que había hecho por ella.

Julita, tan chiquita, ahí estaba para hacerse inmortal. Octavio la llevaba por las escaleras y cuando pudo asomar la cabeza al último escalón, vio lo que menos esperaba. Irene en el piso, tirada boca abajo, sangre alrededor. Y el bolso que habían comprado el sábado anterior después de aquel café en la esquina de siempre, el bolso que llenó con lo que había en el primer cajón de su mesita de luz. Y el revólver que había estado en el cajón durante tanto tiempo esperando para actuar, ahora estaba ahí, entre ellos, tan cerca de su mano izquierda, tan lejos del amor.

loipi

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