Hace un tiempo ya, diría que como dos años, y coincide con el comienzo de mi embarazo, que digo todo el tiempo lo que siento. O al menos lo intento mucho. Será porque me cansé de quedarme con las ganas, será porque ya no quiero malentendidos o quizás porque cada vez me importa menos la respuesta del otro.
Cuando me gustó Sadi, se lo dije, no tuve miedo de que fuera un pelotudo ni de que me enamorara con palabras y besos (y siguiera siendo un pelotudo).
Cuando apareció Nico, y cuando volvió a aparecer después de reconciliado con su novia, lo mismo. Yo sabía todo, siempre lo supe, pero también siempre me había gustado y en ese momento, encima, yo también le gustaba. Redondo pero imposible.
Pablo, otro ejemplo, pero esta vez sentí que de verdad él estaba siendo igual de sincero conmigo que yo con él. No exageramos, sólo vivimos como sentimos.
Y ahora pasó con Christian algo que realmente no me esperaba, dado que a mis franquezas anteriores nunca las habían descartado así. Fueron dos semanas de hablar todos los días y vernos dos veces: jamás le mentí, jamás le oculté, y conversamos de mil temas. Me pasó canciones, le pasé canciones, cumplimos con lo que el otro pedía o sentíamos que necesitaba. Le dije "me gustás" y él con sus "me gustas" me había convencido hace rato. Yo pensaba que el universo me estaba dando exactamente lo que le venía pidiendo y fue así hasta que cogimos.
No sé si me dolió más que el garche no fuera un 10 o que haya desaparecido de la faz terrestre 5 minutos después de vestirme.
Sorpresa. Desamparo. Angustia. Si, definitivamente me dolió más la segunda.
Y no es que me haya enamorado perdidamente del chabón, pero me desconcierta su actitud. Yo cuando estoy con alguien siento mil cosas, entre esas, apego, y que de repente se comporte al revés mío me resulta incómodo.
Nunca estuve con alguien que me cogiera y no me llamara más.
No sé cómo sentirme.
Y tampoco cómo no sentir.
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