De frente, blanca, paredes blancas, portón blanco, plaza y media y con ventanitas oscuras pero ventanas al fin. Entrás a un pasillo, puertas de los dos lados, los dos son cuartos, habitaciones para dormir, pero están llenos de cosas, de muebles, de historia. Colores. Suaves pero precisos. Piso de laja, de esos con dibujos chiquitos, si cambia el ambiente cambia el piso. Atrás del cuarto de la derecha, otro cuarto, también con cosas, sigo caminando. Atrás un baño chiquito y ahí termina esa parte. Del lado izquierdo la cocina, una mesa y sillas, todo ocupado por personas y cosas. ¿Recién nos mudamos o es sólo una visita de a mil? La cocina es hermosa, luz natural, y en el comedor hay tres mesas, dos angulosas y una redonda, con sus sillas. Aunque mamá y la abuela dijeron que no entraban, en realidad dijeron que no había comedor. Pero ahora están ahí y les pregunto porque no entiendo, no era como imaginaba, no era como me contaron. Me contestan como si fuera obvia esa diferencia entre lo que dijeron, lo que entendí y lo que realmente es. Puede ser o puede ser distinto, más grande, hay errores, tampoco es tan grave. Atrás de la cocina, lado derecho por si no se entendió, hay otro baño, más grande, más limpio. Pienso que quizás ese pueda ser el lugar preferido de mamá.
La cocina tiene una puerta y cuando salgo al patio me doy cuenta que estoy en el primer piso y para ir a lo verde tengo que bajar una escalera que dobla y se mete entre los árboles, porque sus copas alcanzan y sobrepasan el nivel de la puerta de donde salí. La escalera es de madera, pero de madera de árbol, como si hubiera sido construida por alguien que vivía ahí. No tiene baranda, bajo con cuidado.
Hay pocas plantas, a la altura de mis ojos y para abajo sólo veo los troncos de los árboles que, más arriba, tapan el sol para no quemarme. Estoy con Lucas, le dije que viniera a ver mi casa, mi primera casa, mostrarle que conseguí lo que tanto quise, mi lugar. Se quedó un poco atrás registrando todo por él mismo, sin que yo le contara, como antes, como ahora pero con menos palabras y más señales con las manos. A la izquierda hay otro patio, cercado débilmente, veo tres perros grandes y peludos que no saben quién soy. Yo tampoco sé quiénes son, pero sé que son perros y que no van a lastimarme si no les doy razones. Se acercan rápido. Uno tiene el pelo un poco más corto, otro es anaranjado y el más tranquilo es como un lobo pero manchado de blanco. El naranja está al lado mío, me prueba, no voy a tener miedo, no tengo por qué. Mientras, trato de seguir caminando, porque al final de los patios está, quizás, mi casita. Iban a decidir si arreglarla o tirarla abajo, yo la veo bien, paredes blancas no muy sucias, puertas de madera, se nota que usaron ese lugar, pero es lindo. Adentro está lleno de cosas, de porquerías que no son mías, porque nunca estuve ahí antes.
El naranja me muerde, en verdad me agarra el brazo con la boca, apreta un poco más los dientes. Lo saludo como pidiendo perdón por haberlo hecho tarde, me mira a los ojos. Al fin veo bien a los otros dos, también están muy cerca, pero esperan. Al naranja lo acaricio, lo quiero, quiero que sea mi vecino, saludarlo todos los días, verlo desde mi ventana. Acomoda la boca, que sigue alrededor de mi brazo. Sigo acariciándolo porque sé que no quiere hacerme mal, sino que entienda que él estaba ahí primero. De a poco me suelta, y puedo tocarlos a todos. Están cuidados, algo sucios por la tierra del patio, como los perros de casa, como los perros, menos el mío, que está encerrado. Me pongo contenta, muy contenta porque pienso en él ahí, feliz, saltando y corriendo y ensuciándose.
Algún perro quedó al lado mío, alguno se fue. Sigo caminando, más tranquila, me veo bien, me gusta, estoy emocionada. Me asomo a la casita, veo con más detalle las cosas que están adentro. Si, son porquerías, hay que sacarlas. Pero no estoy apurada, entiendo que todo recién empieza.
Doy la vuelta, otra vez el patio, y la casa de dos pisos con las luces prendidas y ruidos adentro. Vuelvo. Entro.
Buen día.