-Con una llave -contestó la Rata, y sacó un juego de llaves del bolsillo-; las encontré en el piso.
Me levanté dispuesto a matarlo, pero cuando lo miré a los ojos no pude decirle nada. Es que la Rata siempre estaba en la luna. Le arranqué las llaves de un tirón.
-Qué -preguntó él sorprendido.
-Lo único que se te ocurre decir es qué; no ves que nos estamos matando para abrir la puerta -dijo Percha, que estaba sentado en el piso y era el único que hasta ahora no había hecho nada.
En el manojo había como veinte llaves y en la puerta tres cerraduras. Probé una por una y mis amigos festejaron cada acierto con gritos. Por fin, logré girar las tres. Bajé el picaporte y todos hicieron silencio. La puerta cedió pesadamente. Chirriando. De la oscuridad de la cueva nos llegó el olor frío y húmedo de lo que, en ese momento sentí, podía llegar a ser nuestro sepulcro.
Pablo Ramos, "El origen de la tristeza"
2004, 2da edición, Buenos Aires, Argentina
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